En la Tarahumara mitigan el hambre con Maruchan
Delante del mostrador de la tienda El Polvorín el indígena rarámuri comprueba el peso de las compras que acaba de hacer con dinero ganado destapando y puliendo baños en uno de los nuevos hoteles de El Divisadero.
Luego de varios años de probar solamente hierbas del campo o maíz hecho tortilla o pinole, Armando podrá poner platillos de res en la mesa de su casa. Lengua, cabeza e hígado, los despojos de la vaca, serán su alimento. Quizá después, con el sueldo de 350 pesos semanales, hasta alcance para una costilla o algo de la carne del animal.
Afuera de la tienda de abarrotes, sentadas alrededor de la mejor construcción del poblado, una decena de mujeres indígenas, vestidas con sus ropas de arcoiris, comen y comparten con sus bebés el contenido de unas bolsas de plástico retacadas con enormes dedos de harina con queso que saben a aire y que se llaman Puffs. También se llevan a la boca Cheetos, Sabritones y galletas Emperadores de vainilla. La sed del mediodía caluroso la sacian con Coca Cola.
Es sábado en esta comunidad rarámuri asentada a unos 10 kilómetros de distancia del principal complejo turístico de la sierra Tarahumara, donde hay una estación de tren, un mercado, un hotel que cobra mil 800 pesos la noche y un mirador hacia las Barrancas del Cobre que acaba de ser declarado por Tv Azteca como una de las 13 maravillas de México. El estruendo del silbato del
ferrocarril que pasa en medio del pequeño poblado es la señal inequívoca de que el “progreso” ha llegado a estas tierras.
Pero el progreso que ha llegado a estas tierras no lo evidencia nada más el trayecto ruidoso del tren donde viajan turistas que ágilmente toman fotografías, lo mismo de acantilados hermosos como del poblado y nativos. No queda duda entonces de cómo los paisajes naturales son, hoy en día, un nuevo artículo de consumo.
Mientras Armando termina de pagar sus compras, otra indígena rarámuri vierte salsa Valentina y un poco de limón en el vaso de unicel donde se preparan las sopas Maruchan, uno de los productos más vendidos en la tienda, según cuenta el dueño, un mestizo.
La sopa que esta rarámuri lleva en la mano es de camarón con chile. En la lista de ingredientes de otra de las sopas que están amontonadas en uno de los estantes de la tienda se puede leer que este alimento instantáneo está hecho exclusivamente de aditivos químicos, colorantes, saborizantes, mucha sal y glutamato monosódico, un aditivo considerado como cancerígeno por varios estudios científicos.
—No había visto una tienda tan surtida en las comunidades rarámuris de por aquí— le comento al propietario.
—Es que aquí circula un poco más dinero porque estamos cerca de la zona turística. La gente tiene dinero…
—¿Y en qué lo gastan principalmente?
—Pues la Maruchan se vende mucho.
—¿Y la Coca Cola?
—Se vende más esa —dice mientras señala un envase gigante lleno de refresco de la marca Big Cola
—¿Y de las papitas?
—Las que se venden muchísimo son las Mix de Barcel. Se me acaban antes de que llegue el repartidor.
En lo que conversamos, Armando, el indígena rarámuri que revisaba con cuidado el peso del trozo de hígado y de la lengua de res recién comprada, ha salido de la tienda cargando tres bolsas de mandado con la ayuda de su hijo. Sobre el mostrador quedó una lista de lo que ha adquirido este rarámuri que, con su trabajo limpiando baños, ya ha sido tocado por el brazo de la modernidad que los desarrolladores turísticos prometen en el futuro para toda la sierra Tarahumara.
La lista es: “Una bolsa de papas Chips Natural, dos bolsas de Chips (chipotle) grandes, una bolsa de galletas de animalitos, una botella de Sprite de 1 litro, tres jabones Flor, 2 kilogramos de frijol, un bote de chiles La Costeña, carne (hígado, lengua y cabeza) y 8 kilos de Maseca. Total: 536 pesos”.
—¿Es eso lo que él le compra cada semana? —pregunto al dueño de la tienda.
—No, esa es su compra para todo el mes.
Maruchan, coca colas y Maseca. El progreso de la Tarahumara visto desde la tienda de La Polvorilla.
***
Juanita Sotelo abre una sopa instantánea Maruchan. Vacía dentro unas cuantas frituras y algo de líquido de una Coca Cola. Después, revuelve el contenido y lo enseña a la decena de mujeres rarámuris que apenas hace una hora estaban sentadas afuera de la tienda, comiendo Sabritones y galletas Emperadores con Coca Cola.
Mientras la mezcolanza va pasando de mano en mano, Juanita les explica en lengua raramuri
—porque la mayoría no habla español— que eso es lo que ellas tienen ahora dentro de sus estómagos. Unas sonríen, risueñas como de por sí son, pero otras se quedan serias y esconden discretamente la bolsa de Rancheritos que tenían antes a su lado, a la vista.
Todo esto sucede en un cuarto oscuro que está junto a la tienda de La Polvorilla. Juanita Sotelo, junto con Catalina y Mercedes, otras indígenas rarámuris, están dando una charla sobre la alimentación para estas comunidades que ahora sacian el hambre de mucho tiempo con comida chatarra. Van con ellas Adriana de la Peza y Mariel Ramírez, nutrióloga y bióloga, colaboradoras de la Fundación Tarahumara que recorren la sierra atendiendo casos de desnutrición.
En una de las láminas que han usado las promotoras rarámuris durante su exposición, aparece dibujado un niño. “Este niño —se explica— enfermó porque no comió bien. Tomaba mucha soda, pan, papitas, tomó agua sucia y no se lavó las manos”. Atentas, las rarámuris escuchan las recomendaciones, algunas de ellas sentadas sobre varias cajas vacías de refrescos Coca Cola que han sido improvisadas como bancas.
Tres niños desnutridos y descalzos, duermen sudorosos en el regazo de sus madres.
***
Hace unos meses apareció en la zona turística de El Divisadero la estatua de dos perros chihuahueños vestidos como indígenas rarámuris. La idea de la escultura fue copiada por el gobierno estatal de un proyecto artístico de Suiza, en el cual, las vacas —símbolo de aquél país— eran vestidas con distintos oficios, como el de carpintero, albañil y demás, para homenajear a “la ciudadanía suiza”.
Acá en la sierra, a los gobernadores indígenas no les agradó mucho este proyecto plagiado en el que unos perros son disfrazados de rarámuris para ser vistos por los turistas recién llegados a la Tarahumara. “¿Y por qué no ponen también a perros chihuahueños en una curul, o a uno con corbata en la oficina del gobernador?”, cuestionaron.



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