Autoridades aseguran tener definido el nuevo censo de los cárteles en el país

Jue 22 Mayo, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

Funcionarios de alto nivel del gobierno federal revelaron que los cárteles de Sinaloa, Golfo y Arellano Félix están divididos y que para la administración de Felipe Calderón, Ignacio Nacho Coronel e Ismael El Mayo Zambada, se consolidaron como los nuevos mandos del cártel de Sinaloa, desplazando a Joaquín El Chapo Guzmán. La evaluación oficial considera que los hermanos Beltrán Leyva y Los Zetas han convertido a sus grupos en nuevos cárteles.

Según la información obtenida y conocida por altos mandos de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) federal, la Procuraduría General de la República (PGR) y órganos de inteligencia de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), el cártel del Golfo se partió en dos. Una las facciones la encabeza Miguel Ángel Treviño González y Heriberto Lazcano El Lazca, este último desertor del Ejército mexicano que inició la integración de un grupo de sicarios de origen castrense a las órdenes de Osiel Cárdenas Guillén cuando dirigía esa organización.

Este grupo ya es considerado un nuevo cártel, debido a su poder de fuego, despliegue de estructuras armadas y operativas, y su posicionamiento en al menos 12 entidades de la República: Oaxaca, Guerrero, estado de México, Distrito Federal, Michoacán, Durango, Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas, Veracruz, Tabasco y Yucatán.

La otra facción del cártel del Golfo, que se mantiene en el esquema gubernamental con el mismo nombre, es dirigido por Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén, Tony Tormenta, y Jorge Eduardo Costilla Sánchez, El Coss. Ambos pertenecieron a esta organización desde que la dirigía Osiel Cárdenas, y aunque se considera que El Coss ha perdido fuerza con la detención de varios de sus operadores, sobre todo en la zona de Ciudad Madero y Tampico, supuestamente su brazo armado es dirigido por Jaime González Durán, El Hummer, y Enrique Rejón Aguilar, El Mamito.

Estos últimos son también desertores del Ejército y habrían negociado con El Lazca una “colaboración” territorial para evitar una guerra entre grupos hermanados por el surgimiento de Los Zetas.

Por lo que hace al llamado cártel de Los Zetas, éstos habrían sumado a sus filas a miembros de lo que hasta hace cuatro años se conocía como el cártel de los hermanos Valencia o del Milenio, y que tenía su centro de operaciones en Michoacán; así como los miembros del clan Díaz Parada en Oaxaca.

Según los entrevistados, Los Zetas estarían disputando en combinación con los hermanos Beltrán Leyva las rutas de operación que maneja el cártel de Sinaloa en los estados de Coahuila, Durango, Chihuahua, Distrito Federal, Guanajuato, Zacatecas, Aguascalientes y Querétaro.

En ese contexto, y según la visión gubernamental, los hermanos Arturo y Carlos (Alfredo está preso desde enero de este año), han logrado consolidar estructuras operativas y financieras en Sinaloa, Jalisco, Nayarit, Chihuahua, Zacatecas, Nuevo León, Coahuila, Quintana Roo, Chiapas, Guerrero y Puebla, y han cooptado algunas áreas que antes eran únicamente manejadas por colaboradores de El Chapo Guzmán.

Integrantes de los cuerpos de inteligencia de la milicia señalaron que en Sinaloa la aparición de narcomantas así como el supuesto desplazamiento de sicarios tamaulipecos bajo las órdenes de Arturo Beltrán Leyva, han puesto en alerta a las autoridades federales ante un repunte de la violencia en dicha entidad.

Según los informes recabados, la organización de Arellano Félix estaría dividida entre las huestes de Enedina Arellano y Jorge Briceño López El Cholo.

La única organización que por lo menos desde 2004 no ha modificado su estructura es el cártel de Juárez o de la familia Carrillo, la cual es dirigida por Los Vicentes, hijo y hermano de Amado Carrillo El Señor de los Cielos.

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Entrevista con Lucia Morett

Jue 27 Marzo, 2008 Un comentario Imprimir Imprimir

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Los internacionalistas no piden permiso

Dom 23 Marzo, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

noticiasnacionales.jpgVerónica, Soren, Juan y Fernando murieron en el ataque aéreo del primero de marzo al campamento del comandante Raúl Reyes en la provincia ecuatoriana de Sucumbios. Lucía sobrevivió. Mexicanos los cinco.

Los cinco jóvenes estaban inscritos en la universidad; pero no, la universidad no los envió. Ni la República, ni sus padres. Tomaron una decisión propia y personalísima; aun si el propósito de su viaje fue hacer estudios e investigaciones sociales, el interés era personal. Se estaban acercando al más decantado ejercicio revolucionario, el internacionalista. Es posible que se tratara de sus primeros contactos. Pero no eran combatientes, no estaban en un campo de batalla ni tampoco en un país en guerra. No es extraño estar presente en un campamento guerrillero y no ser un combatiente. El de Régis Debray en el campamento del Che Guevara es un caso muy conocido. Se puede incluso ser parte de un grupo revolucionario sin ser combatiente, como lo han sido muchos sacerdotes.

No es ésta la ocasión de hablar de los internacionalistas consagrados en la historia. Es momento para recordar a los anónimos, a los que hicieron el sacrificio de su vida y los que, habiendo sobrevivido, la pusieron en el mismo riesgo en aras de la solidaridad internacional que los revolucionarios practican.

El 26 de julio de 1936, nueve cadetes del H. Colegio Militar aprovecharon la ceremonia de entrega de espadines a los cadetes de nuevo ingreso para salir a hacer trámites de pasaportes y otra documentación necesaria para viajar a España, donde se incorporarían a la defensa de la República Española. Los cadetes “… suponían que no sería mal visto por el gobierno de México que lucharan al lado de un país amigo que estaba peleando por los mismos principios que habían sido la causa de tanto derramamiento de sangre en la República [Mexicana]; máxime cuando veían claramente que el propio gobierno mexicano, desinteresada y abiertamente, ayudaba a la República Española. Allí estaba su constante lucha diplomática contra algunos países representados en Ginebra, para que se ayudara a España y se parase en seco la intervención fascista. Ello garantizaba plenamente cualquier movimiento a favor de la República” *. Las tribulaciones del grupo no fueron pocas. Cuando estaban en la estación de Buenavista abordando el tren que los llevaría a Veracruz se apareció un grupo de oficiales del Colegio Militar acompañados de la madre de uno de los cadetes. Cinco fueron regresados al plantel. Los otros cuatro lograron esconderse en el tren y continuar su viaje al puerto y abordar un barco… en el que fueron detenidos y regresados a México. Su castigo fue abrumador. Los nueve fueron expulsados “con cajas destempladas” del Colegio Miliar; entre sonidos de cornetas desafinadas y el redoblar de tambores flojos, todo frente a sus compañeros que les daban la espalda al verlos pasar. El escándalo en la prensa nacional fue mayúsculo. Cinco de ellos llegaron a España. Sólo uno, Roberto Vega González, sobrevivió a la guerra; alcanzó el grado de mayor del Ejército Republicano Español.

Araceli Pérez Darias, estudiante de la Universidad Iberoamericana, fue a pelear al lado de los sandinistas. En 1979, junto al resto de la jefatura del Frente Interno, del cual formaba parte, cayó prisionera en la ciudad de León. Al igual que el resto de sus compañeros, fue asesinada de un tiro en el pecho. Alegando disposiciones sanitarias, el gobierno somocista se negó a permitir la exhumación y el traslado del cadáver a México. Temía que la recepción fuese motivo de un acto de solidaridad contrario a la dictadura.
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Pronunciamiento de los padres‏ de mexicanos muertos en Ecuador

Dom 23 Marzo, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

noticiasnacionales.jpgA LA OPINIÓN PÚBLICA MEXICANA E INTERNACIONAL.

NO DESCANSAREMOS HASTA QUE LOS CULPABLES DEL CRIMEN DE ESTADO
PAGUEN POR LA MASACRE DE  ESTUDIANTES MEXICANOS EL 1 DE MARZO EN ECUADOR.

El primero de febrero nuestros hijos llegaron por primera vez al Ecuador cargados de ilusiones y esperanzas.  Iban a la mitad del mundo con la alegría de conocer este país, de aprender sobre el proceso democrático y la Asamblea Constituyente que aquí se construye.  Viajaron para participar en el Congreso Bolivariano y hallar ahí a jóvenes latinoamericanos inquietos como ellos, sensibles y entusiastas por los movimientos sociales de nuestro continente.  Ninguno iba a imaginar la suerte que correría.

Luego de entrevistarse en las universidades ecuatorianas con estudiantes parecidos a ellos, de hacer entrevistas, de recorrer museos y las hermosas calles de Quito, primer lugar declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, llegaron a su destino, el Congreso Latinoamericano.  En ese marco, ahora sabemos, alguien los invitó a conocer un campamento de las FARC donde se trabajaba por la paz y por el rencuentro de muchos colombianos con sus familias y sus hogares.

El 29 de febrero, sólo unas cuantas horas antes del bombardeo cuando el sol se apagaba, llegaron al campamento en tierras de la Provincia de Sucumbíos.  Luego de cenar se fueron a dormir esperando al día siguiente para hacer las primeras entrevistas.  Probablemente varios de ellos no despertaron, otros lo hicieron en medio del terror.  Por dos ocasiones una lluvia  de fragmentos de bombas expansivas alcanzaron sus cuerpos.  Los frondosos árboles, en lugar de escudos se convirtieron en armas de destrucción.  El ejército colombiano volvió a la carga horas después, acompañados de helicópteros artillados descendieron sin respetar a los heridos, tiros por la espalda atestiguan esta crueldad.

La vida de nuestros hijos fue segada por armamento sofisticado de guerra y muerte.  Se trató de la invasión ilegal al territorio de un país soberano, lo que constituye un delito sancionado internacionalmente, este acto fue reconocido por el propio presidente Álvaro Uribe y condenado ampliamente en el mundo, incluso por México.  Ante las evidencias enormes de esa infamia nosotros nos preguntamos: ¿Por qué si nuestro gobierno condenó la invasión, no ha condenado consecuentemente los resultados de esta infamia? ¿Por qué no ha protestado enérgicamente por la muerte de cuatro connacioneles y las heridas sufridas por otra más? ¿Por qué no ha exigido el castigo para los culpables de múltiples delitos y de crímenes de lesa humanidad?  ¿Será el silencio cómplice y la actitud servil ante el poder las que se impongan en México?  No podemos quedar callados, nuestra voz es el eco de millones de voces en México que reclaman justicia.  Desde el presidente Uribe hasta los oficiales y el último elemento de tropa que participaron de esta cobardía deberán recibir el juicio que merecen

Nunca imaginamos que volveríamos a nuestra tierra con las cenizas de nuestros hijos vilmente masacrados, con sus actas de defunción en las que se reconoce que fueron víctimas de bombas expansivas, tampoco pensamos que en Ecuador dejaríamos a Lucía postrada en una cama de hospital sin poder dar un paso.  Nuestros hijos, Soren Ulises Avilés, Fernando Franco, Verónica Velázquez, Juan González y Lucía Morett, jóvenes estudiantes destacados, son víctimas civiles de una de las mayores injusticias cometidas en la historia  recientemente de nuestra América Latina.

Poco a poco la selva amazónica ecuatoriana se recuperará.  En la tierra horadada por manos criminales volverán a crecer árboles robustos, flores silvestre, hierba fresca; regresará el canto de miles de pájaros de multitud de colores, volarán mariposas por todo su cielo; millones de insectos retornarán y el murmullo de las aguas inundará todo de verde, de hermosos colores, y la vida, la vida por la que luchaban nuestros hijos, renacerá.  Somos más fuertes que la infamia y la cobardía.  Las heridas en nuestros corazones no cerrarán nunca.  Lucía perdió a cuatro de sus mejores amigos, nosotros a nuestros hijos y familiares queridos.  Bastaron unos segundos y una orden criminal para desfigurar sus rostros; sus cuerpos sólo pudieron ser reconocidos por complicadas pruebas forenses: estudios de ADN, huellas dactilares, características dentales, a los que se sumó la mirada de una madre que pudo identificar el pié de su hijo.  Sus cuerpos calcinados, destrozados, quedaron irreconocibles, pero, en nuestra memoria, y por siempre, serán los jóvenes inquietos y alegres que conocimos.

Mancharon los cuerpos de nuestros hijos de sangre, de esquirlas, de barro.  No enlodarán la dignidad, la honradez y el nombre de estos jóvenes estudiantes, ni ensuciarán la nobleza de sus convicciones latinoamericanistas y su búsqueda por la patria grande.  Vivirán en nuestra mente y nuestros corazones, su sangre fertilizará la conciencia de millones por un futuro mejor,  y para que nunca más se repita ese acto de barbarie que nunca debió de ocurrir.  Ellos tomaron camino confiados y ahora son víctimas civiles de un horrendo crimen de Estado.  Los culpables un día tendrán que pagar, alguna cárcel  alcanzará a quienes ahora desde el poder y la cobardía intentan justificar lo injustificable.

Agradecemos las muestras de solidaridad del hermoso pueblo ecuatoriano, la actitud resuelta y comprensiva de su gobierno.  Aplaudimos la actitud valiente que desde México millones de compatriotas asumen para reivindicar el nombre de nuestros hijos y su derecho a la libertad, a pensar y actuar por una vida más digna y más humana.

Del gobierno mexicano esperamos que rectifique.  Queremos informarles que el pasado 17 de marzo enviamos al presidente Felipe Calderón un video que muestra los cuerpos destrozados de nuestros hijos y de otros más que ese 1 de marzo dormían tranquilamente.  Hacemos entrega a los medios de comunicación de ese material para que se conozca por todo el mundo la verdad.  ¿Podrá alguien, desde una posición honesta, con esas dolorosas evidencias, seguir atacando a nuestros hijos y queriendo criminalizar a las víctimas?  La historia nos dará la razón.  Iremos por la justicia, estamos armados con la  verdad.

Muchas gracias.

Asociación de padres de hijos masacrados en Sucumbìos, el 1 de marzo de 2008.

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