Desarmado

Vie 09 Mayo, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

Durante muchos años, décadas, he dedicado parte de mis esfuerzos a defender a las izquierdas, sobre todo en México. Es probable que no pocas veces me equivocara al respaldar a las izquierdas radicales en lugar de apoyar a las reformistas, normalmente con el argumento de que éstas más que intentar cambiar el estado de cosas han tratado de parcharlo sin ir “a la raíz de los problemas” que padecemos en la dinámica del capitalismo, cada vez más brutal e inhumano. O tal vez no me equivoqué, no lo sé.

Lo que sí sé es que los planteamientos radicales, con frecuencia maximalistas y a menudo excluyentes para muchos, no han tenido la aceptación masiva que a menudo –por razones más subjetivas que objetivas– imaginamos o quisimos que tuvieran. Con muy pocas excepciones en el mundo, las izquierdas radicales e intransigentes (en el sentido positivo del término) se han reducido en número, cuando no han terminado por desaparecer o por marginarse al nivel de sectas. Esto es una lástima, pues esas izquierdas han servido, por lo menos (aunque mucho más), para marcar pautas de lucha y definición de objetivos a las izquierdas no radicales (las reformistas). Los mejores momentos para las izquierdas radicales fueron, relativamente, aquellos en los que todavía se pensaba que las revoluciones sociales eran no sólo posibles sino que podrían triunfar para llevar a los pueblos a un nivel de vida superior y de plena realización del ser humano. Hoy en día, pese a mis utopías personales (que íntimamente quisiera conservar), veo difícil –si no imposible– que eso ocurra. Pero no quiero ser agorero, ni siquiera intentarlo.

Desde antes de que se desvelara la mentira del socialismo “realmente existente” de la Unión Soviética y de los países del este europeo, falsedad apoyada sin ninguna crítica por millones de personas, ya existía entre las izquierdas un proyecto de democratización que terminó siendo, por desgracia, reducido al ámbito electoral. Cuando las izquierdas no radicales asumieron como propia la ecuación democracia igual a elecciones, que era un argumento histórico de las derechas liberales desde el siglo XIX, cayeron en una trampa y se les escapó de las manos su propia identidad. El eurocomunismo, surgido 15 años antes de que fuera derrumbado el muro de Berlín, fue el inicio de esa dinámica que lo llevó, ni más ni menos, a su propia destrucción: muchos partidos comunistas desaparecieron o cambiaron de nombre, incluso con poca imaginación. Quisieron parecerse a la socialdemocracia y sólo excepcional y parcialmente lo consiguieron… en algunos países.

Cuando digo “socialdemocracia” me refiero a la que tuvo como matriz ideológica a personajes como Eduard Bernstein desde finales del siglo antepasado, para mencionar a un autor representativo y conocido, y a la corriente del socialismo gradualista (por elecciones) que a mediados del siglo pasado formara mundialmente la Internacional Socialista. Es decir, la socialdemocracia que ha postulado como objetivo el socialismo sin proponerse afectar sustancialmente el capitalismo, sólo buscando que éste sea “humano” y “democrático”. Fue así que la socialdemocratización de muchos partidos de izquierda (unos más radicales que otros, o si se prefiere más intransigentes que otros) los llevó a desdibujarse ideológicamente para poder participar electoralmente con posibilidades de ser competitivos.

Quienes estábamos con las izquierdas radicales tuvimos que aceptar la nueva realidad: partidos menos izquierdistas, incluso no socialistas, que representaban a la izquierda (ahora sí) realmente existente (sin comillas). Estas izquierdas devinieron electorales y, como todo mundo sabe, para ganar votos se debe ser incluyente (contrario a excluyente) y, por lo mismo, de tendencias al centro político e ideológico. Algo es algo, se dijo, y mucha gente votó por ellas. En el caso de México por el Partido Comunista Mexicano (eurocomunista desde 1979), luego por el Socialista Unificado (más reformista que su antecesor), posteriormente por el Mexicano Socialista (al que le quedaba grande el apellido “socialista”) y finalmente por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que ha omitido incluso la expresión “socialista” de su vocabulario. (El Partido Revolucionario de los Trabajadores –trotskista– no transigió y fue perdiendo votos hasta desaparecer como partido electoral, comprobando la hipótesis de que los partidos electorales no pueden ser, en general y para competir realmente, de izquierda radical; no en estos tiempos.).

El PRD, que nació como partido electoral (y nada más), ha tenido dos grandes problemas, uno que ha sido su salvación por 18 años y le ha permitido crecer, y otro que lo ha llevado a una crisis de tal magnitud que difícilmente se conservará como una opción de izquierda en el futuro inmediato. El primero de sus problemas, que –repito– le ha sido benéfico por momentos, ha sido su subordinación a dos personalidades: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Andrés Manuel López Obrador. A estos líderes se les podrá criticar, pero no se puede negar que le han dado una enorme proyección a su partido, cada uno en su momento, pero sin fortalecerlo como tal, como una organización a prueba de personalismos.

El segundo problema es el que ha sido muy negativo para el partido: su división interna, ahora polarizada como nunca antes, y que ha destruido su organización hipotecando su futuro por mezquindades de grupos y de personalidades que por sus ansias de poder (de podercito, en realidad) nos están dejando sin izquierda, incluso sin una izquierda que es tal sólo con los buenos ojos con los que la queremos ver (la realmente existente, que está en vía de ser inexistente).

Así las cosas, lo cierto es que el PRD nos ha desarmado, o por lo menos a mí, pues ya no podemos (no puedo) defender a las organizaciones de izquierda (contra la derecha dominante), pues son un caos y hasta una broma de mal gusto. Aun quienes no somos militantes de la izquierda partidaria, pero que hemos defendido a las izquierdas, vemos que el PRD con su crisis interna y Marcos con el fracaso de su otra campaña nos han desarmado. ¿Qué vamos a defender ahora? Nos la ponen difícil.

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Vieja y lamentable historia

Vie 09 Mayo, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

La última, desesperada oportunidad para evitar la ruptura dependía de un gesto personal. Era, pues, un acto de racionalidad y desprendimiento individual que no se dio: ni Alejandro Encinas ni Jesús Ortega estuvieron dispuestos (o no podían o no los dejaban) a dar el paso atrás que la situación reclamaba y dejaron correr las cosas hasta el punto de no retorno en que ahora se encuentran: la fractura del Partido de la Revolución Democrática ha dejado de ser una posibilidad para convertirse en un hecho, uno más de esta carrera hacia ninguna parte que dejará en el camino un nuevo rastro de desilusión e ira mal contenida. La izquierda partidista ha pasado así en muy poco tiempo de la disputa por el poder del Estado a la lucha interna por el control de los órganos de dirección y el usufructo de las prerrogativas que la ley les concede. Lejos de crecer, su influencia en la sociedad se retrae, junto con su credibilidad, y es de temerse que el caudal de votos siga cuesta abajo en el futuro inmediato.

De no mediar un entendimiento de última hora, pese al llamado pragmatismo de las corrientes (que no es más que su adaptabilidad para no perderlo todo), es difícil visualizar un congreso de refundación que no sea al mismo tiempo el de la disolución del partido “que nació el 6 de julio” de 1988.

Los dirigentes formales del partido no dirigen a nadie, menos influyen con sus opiniones en el debate nacional. Están ausentes, entrampados en la lógica de las corrientes y los cotos de influencia. Obviamente hay de responsables a responsables, pero el espectáculo de las últimas semanas habla por sí mismo. Ni siquiera el tema candente del petróleo ha conseguido introducir en el debate interno un ápice de sentido común. Al contrario, poco a poco las pequeñas matizaciones “tácticas” se van convirtiendo en diferencias que podría a llegar a ser insostenibles, una vez que el debate parlamentario avance y la reforma entre en la fase final de aprobación. Hay quienes creen que lo mejor es que cada quien siga su propio destino, sin advertir que ese es el mejor servicio que se le puede prestar a sus adversarios. Creer que la situación interna del PRD no afecta al “movimiento” es también un grave error. Y si alguien no entiende, que explique la vuelta de Salinas de Gortari para apalancar al PRI a favor de Calderón y contra… López Obrador.

Ha terminado un ciclo, dicen, pero el “divorcio” si se llega a dar tendrá costos muy altos (ya se han solicitado las primeras expulsiones). Tal vez sea inevitable el rompimiento político, pero echar por la borda la unidad de la mayor agrupación creada por la izquierda en su historia jamás será una buena señal para quienes veíamos que, al fin, un partido (con todos sus defectos) lograba disputarle el gobierno a la coalición dominante mediante métodos democráticos, poniendo contra la pared la legitimidad de las fuerzas enquistadas en la cúspide del poder.

Hoy que el PRD cumple 19 años, es imposible no reconocer que esta crisis es real y no surgió de la nada, de la impericia de los líderes o las ambiciones de sus caudillos. En realidad, según mi entender, esta larga historia se origina a partir del modo como se articularon los componentes fundadores mediante el proceso de integración del partido, el cual mantuvo y recreó formaciones internas, grupos, corrientes cuya supervivencia se sobrepuso a las estructuras partidistas, en forma análoga a la manera como se reprodujo el liderazgo moral por sobre los órganos formales de dirección. La persecución política y la estigmatización del perredismo explican en parte la continuidad de formas organizativas cada vez más reñidas con la naturaleza esencialmente democrática de las tareas planteadas, con la urgencia de ciudadanizar la militancia sin crear nuevas correas de transmisión entre las organizaciones sociales.

Siempre bajo protesta, en lugar de elaborar una propuesta sobre la democracia sin abandonar el punto de vista social y sus valores (ese impulso moral que define la subjetividad de la izquierda), el perredismo se conforma con ser la oposición más radical al gobierno de turno, sin una idea propia del significado de la transición, sus tiempos y alianzas. A fijar esta situación contribuye la falta de una visión teórica capaz de alumbrar una visión renovadora de México en el siglo XXI.

Paradójicamente, la situación actual del PRD es resultado de su éxito burocrático, de la capacidad demostrada para aprovechar los mecanismos legales y electorales que hoy permiten la sobrevivencia holgada de los partidos. A esa inercia conservadora se une, en algunos círculos, la desconfianza de signo contrario, un temor extraño a gobernar en el que pesan viejos atavismos de las viejas izquierdas, años de marginalidad, la creencia implícita en la “toma del poder” como un acto irreversible que sólo puede inaugurar una nueva sociedad creada al día siguiente de la victoria final. Pero ni unos ni otros nos dicen mucho sobre el Estado que vislumbra, sobre la sociedad que quieren reformar y los caminos que se propone recorrer.

Los grandes temas fundadores del pensamiento de izquierda –la igualdad contra la explotación–, el énfasis en la libertad y la solidaridad y, ahora, la sustentabilidad, se subordinan a la “política”, sin hacer de ellos los temas sustantivos de un agenda diferenciada y diferenciadora, capaz de identificar a los militantes de ese partido de los muchos otros que buscan cosechar en el desierto moral del clientelismo. Frente al gradualismo impuesto por las circunstancias, se exhuman algunas nociones clave: la idea de “partido-movimiento”, presente desde la fundación del partido, quiere ser una respuesta, equivocada creo yo, a la tentación de aprovechar “la vía electoral” sin abandonar la “movilización”, convertidas en opciones excluyentes cuando debían ser absolutamente complementarias. Los partidos, en efecto, son “instrumentos”, medios al servicio de intereses o aspiraciones de un sector de la sociedad, pero no sustituyen –ni se lo plantean– a los movimientos propios de las masas, a sus organizaciones sociales, ni tampoco pretenden suplantar a la sociedad civil. La fuerza está en su militantes.

PD. El tema del petróleo no es un atavismo, un viejo dogma extraído por la izquierda para relanzarse a la palestra. Basta hacer cuentas, mirar al mundo, verificar qué y cuánto han significado las privatizaciones en términos de modernidad, para saber de qué lado está el progreso y la razón.
A Carlos Monsiváis

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Mi renuncia al PRD

Dom 27 Abril, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

Rosa Albina Garavito Elías

Mis últimos años de militancia en el PRD han sido un largo adiós al partido que con gran entusiasmo contribuí a fundar a partir de noviembre de 1988. Convencida de que de la confluencia de las organizaciones de la izquierda socialista y del nacionalismo escindido del PRI, resultaría una síntesis política que superara a ambas vertientes, me volqué al trabajo de  hacer de mi tesis una realidad. ¡Vano hegelianismo! La militancia de esa amplia gama de la ex izquierda socialista fue el mejor espacio para reproducir de manera grotesca los viejos vicios del régimen priísta. La elección que hoy tiene acéfalo al partido es la más reciente de sus lamentables evidencias.

No siempre fue así. Durante varios años llevé mi militancia perredista con gran orgullo. Durante el gobierno de Carlos Salinas, la defensa del respeto al voto fue la más subversiva de las luchas. Gracias al PRD que supo dirigir de manera firme el movimiento democrático, fue que en 1996 se pudo arrancar de manos del Estado el control de los procesos electorales. Ello abrió espacios de gobierno para el PRD, y también desató la ambición electoral que llevó a convertir la política de izquierda en una mercancía más. Llegó el desastre de las elecciones internas de 1999 y su cauda de impunidad. Mi orgullo perredista empezó a esfumarse. Cuando en el 2000 se conquistó la alternancia política, sostuve que era un triunfo del PRD; pero ese presidencialismo que invade a la izquierda mexicana lo vio como una derrota. En el 2002, en lugar de reconocer a los pueblos indígenas como sujetos de pleno derecho, los senadores perredistas adoptaron el racismo paternalista del PRI y del PAN. Las consecuencias de tanta miopía y tanta ambición electoral no tardaron en exhibirse en los videoescándalos.

Durante esos años, en más de una ocasión escribí mi renuncia al PRD. Motivos hubo siempre de sobra, todos ellos aderezados por el sentimiento de vergüenza ajena.   Sin embargo, siempre  fue mayor la voluntad de contribuír a rescatar ese espacio que nació como el más grande  esfuerzo unitario de la izquierda del país. Fue así como todavía participé en dos congresos nacionales más; uno de ellos en plena lucha contra el desafuero de AMLO. Y en el último intento por incidir en el rumbo del PRD, acepté la invitación a participar como candidata a la secretaría general en fórmula con  Ramírez Cuéllar. Celebro mi decisión porque desde nuestro comité de campaña se elaboraron las propuestas que podrían regresar el partido a la sociedad. Por supuesto, todas ellas ignoradas por los dos polos  en pugna.

Mientras el PRD ha perdido autoridad moral para ser el referente de  izquierda, la derecha de dos cabezas, el PRI y el PAN, sigue cavando  la inviabilidad del país con sus políticas de concentración de la riqueza, de privatización, de expropiación del salario, de empobrecimiento. He sostenido que para detener este proyecto depredador  (en cuyo ciclo sólo faltan la reforma energética y laboral), y dar un nuevo rumbo al país, no son suficientes los líderes carismáticos que terminan siempre en caudillos, tampoco la movilización social. Se requiere de una sólida y confiable organización de izquierda, moderna y democrática. El PRD no lo es, no quiso serlo, o sencillamente no pudo serlo. Dudo que estemos presenciando su fractura inminente. De lo que estoy segura es que somos testigos de su extinción como referente de izquierda. Así que en realidad estoy renunciando a continuar en una organización fantasma de la izquierda.

Salir de un mundo fantasmagórico es siempre una buena decisión. Enfrentar la realidad sin las cadenas de la ilusión –como decía Marx- es mucho más promisorio. Si fuera kantiana, le pediría a la militancia perredista que siguiera mis pasos y se desafiliara en masa. Pero soy más realista que Kant. No es un imperativo categórico el que resolverá la ausencia de una organización de izquierda, democrática y moderna.  Surgirá del movimiento social. Ojalá no tarde mucho. Esquivo como es, no hay que cejar en perseguir al viejo topo de la historia. Por ahora tratando de entender, tratando de ejercer el arma de la crítica.

Profesora-investigadora de la UAM-A

25 de abril del 2008

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Botín económico, botín político

Mie 16 Abril, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

No es lo que él hubiera deseado ni lo que hubiesen querido quienes lo llevaron al poder. Pero el presidente Calderón salvó la cara al presentar bajo su nombre un paquete de reformas legales que, de una o de otra manera, fortalecen a Petróleos Mexicanos como empresa, en una primera instancia, según

algunos analistas, y según sus críticos, lo convierten en el botín tan anhelado por la iniciativa privada, nacional y extranjera. Al mismo tiempo, Calderón y sus compañeros de viaje del Senado apostaron a que la crispación que iban a provocar será un mal inevitable pero pasajero que podrán aplacar con uno de los medicamentos que siempre están a su disposición: los medios de información domesticados.

No podrán venir las grandes petroleras trasnacionales a asociarse con Pemex y emprender la aventura de buscar “el gran tesoro mexicano” que hay en las profundidades del mar y llevarse parte de él, a través de contratos de riesgo. Tampoco podrán establecer modernas refinerías para procesar el crudo y encargarse ellas mismas de transportar, almacenar y comercializar los combustibles –gasolinas sobre todo– que produzcan. Cuando mucho, si se aprueba la propuesta gubernamental, serán simples maquiladoras.

No alcanzó la operación política del gobierno de Felipe Calderón para reformar la Constitución y las leyes secundarias a fin de darle un paso franco a las empresas privadas del país y extranjeras para intervenir en toda la cadena productiva de la industria petrolera nacional.

Sin embargo, bajo la lógica de “de lo perdido, lo que aparezca”, el gobierno tuvo la habilidad de confeccionar una propuesta de reforma energética que, si bien de menor alcance del que esperaba, le resultará un éxito si se aprueba: termina por quitarle las razones, si es que alguna tenía, al movimiento opositor de Andrés Manuel López Obrador, que se había reposicionado políticamente con el fantasma de la privatización de la industria petrolera; se congracia con el PRI –quedan intocados sindicato y excedentes petroleros para los gobernadores–, y el propio Calderón salva la cara: no presentar la iniciativa era reeditar el fracaso y la debilidad de Vicente Fox cuando, en su primer año de gobierno, intentó sacar una reforma fiscal, que nunca llegó, por la falta de operación política y la incapacidad para convencer de sus beneficios.

El mismo presidente admitió que la reforma presentada no es la que él hubiera deseado, pero sí la que es posible realizar, pues a su juicio “no tiene aristas que generen grandes controversias y evita lastimar la sensibilidad de muchos mexicanos”.

Y si bien no es la reforma que tanto encono y polarización causó, no es menor lo propuesto, así ya muchos la califiquen de reforma light, “chiquita” y “de poco alcance”.

Riesgos disfrazados

El presidente envió al Senado, el martes 8, un paquete de iniciativas que comprende una nueva Ley Orgánica de Petróleos Mexicanos –la cual sustituiría por completo a la vigente–, reformas a la Ley Reglamentaria del Artículo 27 Constitucional en el Ramo del Petróleo, una Ley de la Comisión del Petróleo, la Ley de la Comisión Reguladora de Energía, y reformas a la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal.

Destaca sobremanera la nueva ley orgánica, que apunta a darle mayor autonomía de gestión a Pemex para que opere realmente como empresa, con mejores prácticas de gobierno corporativo y, sobre todo, se le vaya liberando paulatinamente de todas las ataduras que hoy la tienen en el burocratismo e ineficiencia exacerbadas. Casualmente éste ha sido un tema en el que el Partido de la Revolución Democrática ha sido enfático, sobre todo en la legislatura pasada.

La idea es múltiple: fortalecer las facultades del Consejo de Administración, otorgarle flexibilidad en materia de adquisiciones y obra pública para proyectos relevantes, permitirle un manejo más libre de su deuda, incrementar gradualmente su facultad para aprovechar ingresos propios adicionales y darle flexibilidad para realizar ajustes presupuestales.

Para el exdirector de Pemex Francisco Rojas Gutiérrez, es “un adelanto el que el Ejecutivo haya enviado las iniciativas para modernizar a Pemex y su marco regulatorio, aunque no puede llamarse una reforma energética, ya que se limita a uno solo de los actores”. Es decir, dice, carece de un enfoque integral, de largo plazo; no incluye las energías alternativas y la manera en que el país deberá prepararse para la transición energética de los próximos 30 años, como sí lo están haciendo otros países.

Sin embargo, le parece correcto lo que propone la iniciativa gubernamental, en el sentido de precisar y ampliar las funciones de quienes coordinen, regulen y operen el sector petrolero; también la necesidad de un régimen fiscal diferente, la autonomía de gestión, financiera y operativa de Pemex, así como el gobierno corporativo, los consejeros independientes y la flexibilización en adquisiciones y obras, así como en los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas de Pemex.

Aunque, dice Rojas, en la discusión de las iniciativas deberán precisarse o cambiarse algunas cosas, como el nombramiento de los consejeros independientes, que en los documentos oficiales sería prerrogativa del Ejecutivo, cuando tendría que ser del Congreso “a fin de garantizar plena imparcialidad y objetividad en la toma de decisiones”.

Como no pudo reformarse la Constitución para permitir las alianzas estratégicas con empresas privadas, nacionales y extranjeras, y los contratos de riesgo, el gobierno hábilmente, a decir de especialistas consultados por Proceso, le da la vuelta a esa reforma y propone contratos de “desempeño”, que no difieren gran cosa de los de riesgo.

El artículo 46 de la nueva Ley Orgánica de Petróleos Mexicanos dice: “Petróleos Mexicanos y sus organismos subsidiarios podrán celebrar contratos en los que se pacte una remuneración fija o variable, determinada o determinable, con base en las obras y servicios especificados al momento de la contratación o que el desarrollo del proyecto exija con posterioridad. Petróleos Mexicanos podrá condicionar a que el proyecto genere ingresos para cubrir los costos correspondientes, y podrá pactar incentivos tendientes a maximizar la eficacia o éxito de la obra o servicio, los cuales serán pagaderos únicamente en efectivo”.

Dice Francisco Rojas al respecto: Dichos contratos pueden ser “un instrumento que favorezca la acometida simultánea de proyectos diferentes, atrayendo empresas de servicios y constructoras que aporten innovaciones tecnológicas y mejores métodos de administración de proyectos”.

Pero insiste en que en la discusión deberá precisarse que en estos contratos no se margine a empresas nacionales desde las bases de licitación, como ha ocurrido, por ejemplo, en los contratos de mantenimiento de ductos. También debe ser obligatorio en los contratos el tema de la capacitación y entrenamiento de los técnicos y trabajadores de Pemex, “para asimilar tecnologías y prácticas modernas de operación y administración”; que se involucre obligatoriamente al Instituto Mexicano del Petróleo y centros de enseñanza superior para cerrar la brecha tecnológica, y que se establezca un mínimo creciente de componentes nacionales a fin de impulsar las cadenas productivas, como lo han hecho Brasil, Noruega y Rusia.

Apertura en refinación

Para el doctor en Economía Juan Moreno Pérez, asesor parlamentario del PRD que desde hace más de diez años coordina el análisis de los paquetes presupuestales que el gobierno envía a la Cámara de Diputados para sustentar sus programas económicos, lo que propone el artículo 46 de la nueva Ley Orgánica es, en el fondo, autorizar contratos de riesgo sin tener que cambiar la Constitución.

Explica: Cuando se pactan con la empresa contratada remuneraciones fijas o variables en función de los resultados y de lo que el desarrollo del proyecto exija con posterioridad, se están compartiendo riesgos; lo mismo cuando la ley señala que los proyectos contratados con particulares, nacionales o extranjeros, estarán condicionados a que generen ingresos suficientes para cubrir los costos correspondientes.

Pero considera que trae incentivos correctos inexistentes, por ejemplo, con los esquemas actuales de Pidiregas: Pemex podrá pactar incentivos que lleven a maximizar la eficacia o el éxito de la obra o el servicio contratado. Es decir, si la empresa contratada se aplica y se esfuerza en proveer un servicio u obra eficientes, que incluso superen las metas pactadas, podrá tener un mayor beneficio económico.

Y la manera en que la iniciativa sortea las restricciones constitucionales, explica Juan Moreno, es cuando precisa que las obras y servicios contratados –que tendrán una normativa más flexible que las que imponen las leyes de Adquisiciones y de Obras Públicas– serán pagaderos únicamente en efectivo. Es decir, Pemex no podrá pagar con petróleo, con parte de la renta petrolera, como sucede con las alianzas estratégicas.

Pero aun con las limitaciones que pudiera tener el nuevo esquema de contratos para proyectos de mayor complejidad y que requieran de tecnología de punta –como la exploración en aguas profundas, por ejemplo– es, dice el entrevistado, mucho mejor que el de los Pidiregas, en los que Pemex asume todo el riesgo y la empresa contratada siempre gana, sea buena o no su obra, cumpla en tiempo y forma o no con las metas, sea o no eficiente.

El de los Pidiregas es el esquema más lesivo de contratación que hay en el mundo. En México ha sido un mal negocio que tiene endeudado a Pemex, por ese concepto, con cerca de 50 mil millones de dólares, dice Juan Moreno.

Si se hubiera cambiado la Constitución, afirma, podría hacerse lo que hacen los países que exploran aguas profundas: asociarse, como lo hacen Cuba, Noruega, Brasil, Angola y Corea del Norte, entre otros, independientemente de ideologías, cultura, idiosincrasia, historia y sistemas políticos. “Porque es prácticamente suicida ir solos a aguas profundas, donde hay que invertir cantidades extraordinarias de dinero, con riesgos muy elevados, con rentas petroleras mucho menores porque los costos son más elevados”.

Pero algo se podrá hacer con los contratos nuevos que propone la iniciativa, dice, aunque reconoce que éstos tendrán que pasar por el filtro del debate en el Congreso y a nivel nacional, que necesariamente tendrá que darse para que salga una ley que convenza de sus virtudes.

Por otra parte, al exdirector de Pemex, Francisco Rojas, presidente de la priista Fundación Colosio, le sigue molestando la forma en que el gobierno trata el tema de las aguas profundas, en el sentido de que Pemex ni tiene la tecnología ni la capacidad de ejecución para trabajar en ellas.

Es precipitado, reitera, querer entrar ahora en ellas. Argumenta: Según la Secretaría de Energía, se tienen 100 mil millones de barriles en recursos prospectivos y reservas que permitirían sostener la producción actual 61 años, de los cuales 20% están en tirantes superiores a mil 500 metros; 10% en tirantes inferiores y 70% en aguas someras y tierra. Éstos últimos mantendrían la producción durante 43 años, suponiendo que no hubiera más descubrimientos.

“Entonces –dice– no hay necesidad de precipitarnos a mayores complejidades, costos, riesgos y asociaciones. Hay que darle tiempo a Pemex de reconstituir su planta técnica, asimilar tecnologías, contar con más recursos propios y decidir la conveniencia y ritmo de explotación de las aguas ultraprofundas”.

Además, critica, en la iniciativa “no se incluye como obligatoria la aplicación de la recuperación mejorada desde el inicio de la explotación del yacimiento, como sí lo hacen Estados Unidos, Canadá, Venezuela y otros países”. Incluir esa exigencia en la ley “permitiría alargar la vida útil de los yacimientos y aumentar el porcentaje de recuperación de hidrocarburos”.

Pero, sin duda, uno de los temas que serán más controvertidos es el de la apertura del ámbito de la refinación al sector privado, así sea limitada. Las modificaciones a la Ley Reglamentaria del Artículo 27 Constitucional permiten expresamente a Pemex contratar a “terceros” para actividades de refinación, en un esquema similar al de maquila, así como de transporte y almacenamiento de petrolíferos.

Es decir, empresas privadas, nacionales y extranjeras, podrán construir en el país refinerías y procesar el petróleo que Pemex les dé, pero ésta les comprará los productos finales –gasolinas, diesel y demás combustibles– y se encargaría de comercializarlos.

Con ello el gobierno pretende revertir la situación que tanto empeño ha tenido en publicitar como uno de los factores que debilitan más las finanzas de Pemex: la creciente importación, y cada vez más cara, de gasolinas –más del 40% de lo que se consume en el país es importado–, así como la que el propio gobierno califica de insuperable ineficiencia de las refinerías nacionales, que operan con tecnología e infraestructura obsoletas. Además de tener las refinerías en México, aquí se generarían los empleos y se pagarían los impuestos.

Para justificar la propuesta, el gobierno compara las utilidades de casi mil millones de dólares que obtuvo la refinería que Pemex tiene en asociación con la Shell en Texas con las pérdidas que arrojan las seis refinerías que hay en el país, con todo y que éstas trabajan con cinco veces más personal que las refinerías de Estados Unidos.

El mensaje, dice el especialista Juan Moreno, es: si Pemex crea las refinerías con sus propios recursos, es condenarla a seguir perdiendo, pues además de pagar excesivamente en mano de obra, carece de la tecnología necesaria y debe vender la gasolina más barata, pues el precio de la gasolina es muy sensible para la población. Mejor que las hagan los privados. De paso, deja fuera al sindicato y Pemex evita los controles presupuestales de Hacienda en materia de refinación.

Francisco Rojas ve en esta propuesta la parte más privatizadora y violatoria de la Constitución que hay en las iniciativas del gobierno de Felipe Calderón. Dice a Proceso: “Definitivamente estamos en contra de modificar la Ley Reglamentaria del Artículo 27 Constitucional para permitir, pretextando falta de capacidad, la participación privada en refinación, ductos y almacenamientos, pues se viola la Constitución, se regala el valor agregado del mercado interno en una forma no reconocida de privatización. Es, además, ofensiva para el gremio petrolero, que siempre ha sabido construir, operar y mantener refinerías y ductos”.

Si las refinerías de Pemex están mal y pierden, “es culpa de los malos administradores, de falta de recursos y del deseo de convertir a Pemex en monoexportador de crudo”. Cree Rojas que, de aprobarse la propuesta así como está, será un “negocio redondo para los privados, pero no para el país”, pues si aquellos le entran exigirán mínimo una tasa de utilidad no menor al 20%.

La noche del viernes, Cuauhtémoc Cárdenas abonó duramente en esa percepción. Calificó la iniciativa de Felipe Calderón de “entreguista” y llena de “subterfugios” que atropellan la Constitución. Pero realmente se enfocó en la parte de refinación. De aprobarse la iniciativa, dijo, se pondría en manos de intereses privados la refinación, el transporte por ductos, el almacenamiento y la distribución de hidrocarburos, y eso “sería una flagrante violación a la Constitución, y peor: hacerlo como plantea la iniciativa, a través de contratos de maquila o de permisos, sería remachar la violación, pues no por llamar maquila a una concesión o permiso, dejaría de producirse un serio atropello a la norma constitucional”.

Pero, otra vez, se adelantan vísperas y se calientan los ánimos anticipadamente. Se toman las iniciativas como ley aprobada, cuando todavía ni se discuten. Además de que el tema de las refinerías, caro al PRI –más por defensa de los intereses y privilegios del sindicato que por otra cosa–, es de los puntos planteados como susceptibles de ser cedidos en el proceso de negociación.

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Monos de la semana cortesia de Proceso.com.mx

Mie 09 Abril, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

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El PRD contra la cultura

Lun 31 Marzo, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

Con una evidente contradicción entre el discurso y los hechos, el gobierno perredista de la Ciudad de México evidencia cada día, con mayor nitidez, la falsa democracia en la que se sustenta su política y gestión cultural.

La carencia de respeto y consideración que viven los ciudadanos para ingresar al museo Nómada, el uso de espacios culturales como el Museo de la Ciudad de México para actos políticos y la irresponsabilidad e impunidad para derruir inmuebles declarados monumento histórico y patrimonio de la humanidad son algunas de las circunstancias que confirman la necesidad de exigir cambios en el ejercicio del poder cultural que opera en la capital del país.

Transfigurado en un vulgar terreno que por sus grandes dimensiones es apto para albergar a numerosas personas, el Zócalo de la Ciudad de México se ha convertido en un contenedor de espectáculos masivos: un espacio para ver la obra de artistas menores y para escuchar a políticos y cantantes. Saturada casi siempre con estructuras monumentales que igual pueden corresponder a un conjunto de gradas y bocinas, a la pista de patinaje en hielo más grande del mundo o a una construcción gigante de bambús, la espectacularidad visual de la Plaza de la Constitución es difícil de apreciar. La elegancia de la Catedral, la sensualidad ornamental del Sagrario o la sobriedad del Palacio Nacional, son constantemente eclipsadas, inhibiendo no sólo el conocimiento y disfrute de algunas joyas del arte mexicano, sino también la convivialidad y la interconexión entre los ciudadanos y la ciudad.

Durante el primer informe de actividades que presentó en noviembre pasado, la secretaria de Cultura de la Ciudad de México, Elena Cepeda, además de señalar su interés por garantizar los derechos culturales y por reconstruir el tejido social mediante propuestas artísticas y culturales, definió como dos de los ejes de su política a la educación artística y a la preservación del patrimonio. El tipo de uso que se da a relevantes espacios públicos, la operatividad de algunas exposiciones y el derrumbe de las 14 construcciones provenientes de los siglos XVIII y XIX (Proceso 1623-1626) que permitió la responsable de la preservación del Centro Histórico, Alejandra Moreno Toscano, revelan la antidemocracia de los funcionarios.

El museo Nómada no es un museo, sino una simple exposición itinerante, con 53 fotografías de gran formato y tres filmes de la autoría del canadiense Gregory Colbert. Sin ningún valor artístico especial –ni en las obras ni en la posmoderna y kitsch estructura de bambús– como para colocarse en un lugar de tanto valor simbólico como la Plaza de la Constitución, la presencia de esta muestra descubre la severa colonización –o complejo– cultural que caracteriza al jefe del Gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard.

Realizadas a partir de 1992 en escenarios naturales de la Antártica, India, Birmania, Sri Lanka, Egipto, Etiopía, Kenia y Namibia, las imágenes en ocre y sepia llaman la atención por la imposibilidad de la sensual y, en algunos casos, erótica convivencia que establecen entre los animales y los seres humanos: un hombre que nada debajo de una enorme ballena, mujeres que se enredan entre los voluminosos cuerpos de grandes elefantes, niños desnudos que descansan hieráticamente junto a hermosos ocelotes. Interesado en explorar las sensibilidades poéticas de los animales que denomina totémicos –elefante, jaguar, halcón, orangután–, Colbert realiza imágenes exóticas que llegan a tocar el territorio de lo grotesco. Carente de información que permita realizar lecturas que trasciendan la publicidad realizada por Televisa –una de las empresas patrocinadoras–, la muestra es lamentable, principalmente por el trato que se da a los visitantes: desde las filas para entrar hasta el encuentro obligatorio que se presenta, al final de la exposición, con la tienda de recuerdos como camisetas, catálogos, carteles y pulseras.

Otra contradicción importante se presentó en el Museo de la Ciudad de México: Al tomar posesión de su cargo como directora del recinto en febrero de 2007, Cristina Faesler prometió que el museo dejaría de ser un “salón de usos múltiples”, y el 20 de febrero se utilizó como escenario para el debate de los seis aspirantes a ocupar la presidencia del PRD.

Y por último, los continuos cierres al Centro Histórico. ¿De qué sirve tener recintos culturales si no se puede acceder fácilmente a ellos?

En conclusión, una gestión antidemocrática que si bien descubre una evidente falta de coherencia en el proyecto cultural del PRD, también delata la escasa exigencia que tiene la ciudadanía respecto de los servicios culturales que merece.

Fuente: Proceso.com.mx

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Qué manera de perder

Sab 22 Marzo, 2008 Un comentario Imprimir Imprimir

noticiasnacionales.jpgCarta a la dirigencia perredista
Epigmenio Ibarra

Profesionales como son de la derrota, lograron ustedes al fin su cometido: se hundieron en el fango facilitándole la labor al adversario, cediéndole el terreno. Interesados sólo en el reparto del botín, de la nómina, de los cargos internos, de las posiciones de poder y la atención de las diferentes clientelas, terminaron todos por quedarse con las manos vacías. No importa quién de ustedes gane. Al final perdieron, perdimos todos. Perdió el país.

Es pues el suyo, señores dirigentes de tribus, facciones, corrientes del PRD, un crimen, largamente anunciado, de lesa democracia. No pudieron en su proceso electoral interno hacer valer los principios que dieron origen y razón de ser a su partido. No sólo traicionaron con sus mañas la lucha de decenas de miles de mexicanos, muchos de quienes entregaron sus vidas por esa causa, sino que se convirtieron en un remedo, en un subproducto del antiguo régimen al que debían combatir, asimilando sus peores vicios. Son hoy, todos ustedes, sólo una lamentable caricatura del caciquismo priista. ¿Cómo se atreverán luego de esto a tildarse de demócratas y además revolucionarios?

No tuvieron ustedes, inmersos como están en sus luchas clandestinas, la visión de país, el compromiso con sus compatriotas, la integridad moral que demanda una lucha desde la izquierda y con la izquierda para defender los intereses de las grandes mayorías. Tampoco tuvieron el coraje, la dignidad, el valor de preservar un capital político que no les pertenece y que es vital para el futuro del país.

Ese capital político, el que han dilapidado tan miserablemente, nos pertenece a los 15 millones de mexicanos que con nuestros votos los hemos puesto donde están, disfrutando un estipendio, haciendo uso de prerrogativas que pagamos todos. En cargos públicos para los que nosotros los elegimos y por los cuales sólo a nosotros los votantes deben rendirnos cuentas. Un capital político en el que muchos ciframos la esperanza de arrancar al gobierno, a su partido, a los representantes del antiguo régimen, cambios estructurales profundos que son, a fin de cuentas, la única garantía de una paz, que sin justicia ni desarrollo no tiene futuro.

Indigna saber que, como la derecha lo había previsto, no lograron ustedes comportarse con pulcritud y decoro. Hemos sido defraudados —hablo de los que votamos por ustedes— por individuos incapaces de anteponer a sus mezquinos intereses, los intereses de una nación sedienta de transformaciones. ¿Quién se encargará hoy de las mismas? ¿En quién confiar para que conduzca con solvencia moral, con cohesión orgánica, con eficiencia política el proceso? ¿Para qué se desgañitan en la plaza o rasgan sus vestiduras en la tribuna prometiendo defender a toda costa principios y valores que en su propia casa son incapaces de sostener?

Todos ustedes —habrán de disculpar que cuelgue a todos el pecado—, por acción u omisión, jugaron sucio. Unos conveniente y públicamente se hicieron al margen del proceso electoral y se mostraron sin candidato ni preferencia abierta, mientras en la oscuridad maniobraban a favor de uno o contra otro.

Otros condenaron con tibieza las malas mañas pero fueron incapaces de crear una corriente moral de rechazo a las prácticas fraudulentas. Más bien se pusieron al pairo, esperando ser beneficiados o por la turbulencia o por el viento a favor de un candidato determinado.

Otros más metieron las manos hasta el fondo en defensa de su candidato y fueron desde un apoyo público decisivo pero indebido, que rozaba, sólo rozaba, la ilegalidad hasta la manipulación del padrón o los más sucios trucos el día de los comicios.

Desde el omiso al que robó las urnas. Desde el que desde su posición de liderazgo moral se abstuvo, al que mandaba cartas. Desde el que a pesar de su indignación se quedó callado y se dejó llevar, hasta el que, sin ninguna posibilidad de triunfo, se presentó como candidato o se sumó a una candidatura perdida de antemano sólo para ganar una posición más favorable en la negociación que se avecina. Todos cargan con el peso de una responsabilidad histórica.

No hay nadie entre ustedes, señores de la dirigencia, que quede limpio. Que conste que en su partido militan mexicanas y mexicanos de excepción a los que ustedes antes que a nadie les han fallado. Todos son, sin importar la tribu a la que pertenecen, protagonistas, autores de esta debacle.

Lástima que no sea sólo de ustedes la debacle. Lástima que con su fracaso nos arrastren a todos. Lástima que den así la razón a quienes, empeñados en el linchamiento mediático de la izquierda, le cierran el paso a las transformaciones que el país necesita y que sólo con el impulso ético de una izquierda comprometida y limpia pueden conseguirse. Lástima que pierdan —como segunda fuerza política— su oportunidad histórica. Otros habrá, estoy seguro, que no seguirán sus pasos, que no habrán de encajar en el patrón de corrupción de nuestro sistema político tradicional.

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