Desarmado

Vie 09 Mayo, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

Durante muchos años, décadas, he dedicado parte de mis esfuerzos a defender a las izquierdas, sobre todo en México. Es probable que no pocas veces me equivocara al respaldar a las izquierdas radicales en lugar de apoyar a las reformistas, normalmente con el argumento de que éstas más que intentar cambiar el estado de cosas han tratado de parcharlo sin ir “a la raíz de los problemas” que padecemos en la dinámica del capitalismo, cada vez más brutal e inhumano. O tal vez no me equivoqué, no lo sé.

Lo que sí sé es que los planteamientos radicales, con frecuencia maximalistas y a menudo excluyentes para muchos, no han tenido la aceptación masiva que a menudo –por razones más subjetivas que objetivas– imaginamos o quisimos que tuvieran. Con muy pocas excepciones en el mundo, las izquierdas radicales e intransigentes (en el sentido positivo del término) se han reducido en número, cuando no han terminado por desaparecer o por marginarse al nivel de sectas. Esto es una lástima, pues esas izquierdas han servido, por lo menos (aunque mucho más), para marcar pautas de lucha y definición de objetivos a las izquierdas no radicales (las reformistas). Los mejores momentos para las izquierdas radicales fueron, relativamente, aquellos en los que todavía se pensaba que las revoluciones sociales eran no sólo posibles sino que podrían triunfar para llevar a los pueblos a un nivel de vida superior y de plena realización del ser humano. Hoy en día, pese a mis utopías personales (que íntimamente quisiera conservar), veo difícil –si no imposible– que eso ocurra. Pero no quiero ser agorero, ni siquiera intentarlo.

Desde antes de que se desvelara la mentira del socialismo “realmente existente” de la Unión Soviética y de los países del este europeo, falsedad apoyada sin ninguna crítica por millones de personas, ya existía entre las izquierdas un proyecto de democratización que terminó siendo, por desgracia, reducido al ámbito electoral. Cuando las izquierdas no radicales asumieron como propia la ecuación democracia igual a elecciones, que era un argumento histórico de las derechas liberales desde el siglo XIX, cayeron en una trampa y se les escapó de las manos su propia identidad. El eurocomunismo, surgido 15 años antes de que fuera derrumbado el muro de Berlín, fue el inicio de esa dinámica que lo llevó, ni más ni menos, a su propia destrucción: muchos partidos comunistas desaparecieron o cambiaron de nombre, incluso con poca imaginación. Quisieron parecerse a la socialdemocracia y sólo excepcional y parcialmente lo consiguieron… en algunos países.

Cuando digo “socialdemocracia” me refiero a la que tuvo como matriz ideológica a personajes como Eduard Bernstein desde finales del siglo antepasado, para mencionar a un autor representativo y conocido, y a la corriente del socialismo gradualista (por elecciones) que a mediados del siglo pasado formara mundialmente la Internacional Socialista. Es decir, la socialdemocracia que ha postulado como objetivo el socialismo sin proponerse afectar sustancialmente el capitalismo, sólo buscando que éste sea “humano” y “democrático”. Fue así que la socialdemocratización de muchos partidos de izquierda (unos más radicales que otros, o si se prefiere más intransigentes que otros) los llevó a desdibujarse ideológicamente para poder participar electoralmente con posibilidades de ser competitivos.

Quienes estábamos con las izquierdas radicales tuvimos que aceptar la nueva realidad: partidos menos izquierdistas, incluso no socialistas, que representaban a la izquierda (ahora sí) realmente existente (sin comillas). Estas izquierdas devinieron electorales y, como todo mundo sabe, para ganar votos se debe ser incluyente (contrario a excluyente) y, por lo mismo, de tendencias al centro político e ideológico. Algo es algo, se dijo, y mucha gente votó por ellas. En el caso de México por el Partido Comunista Mexicano (eurocomunista desde 1979), luego por el Socialista Unificado (más reformista que su antecesor), posteriormente por el Mexicano Socialista (al que le quedaba grande el apellido “socialista”) y finalmente por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que ha omitido incluso la expresión “socialista” de su vocabulario. (El Partido Revolucionario de los Trabajadores –trotskista– no transigió y fue perdiendo votos hasta desaparecer como partido electoral, comprobando la hipótesis de que los partidos electorales no pueden ser, en general y para competir realmente, de izquierda radical; no en estos tiempos.).

El PRD, que nació como partido electoral (y nada más), ha tenido dos grandes problemas, uno que ha sido su salvación por 18 años y le ha permitido crecer, y otro que lo ha llevado a una crisis de tal magnitud que difícilmente se conservará como una opción de izquierda en el futuro inmediato. El primero de sus problemas, que –repito– le ha sido benéfico por momentos, ha sido su subordinación a dos personalidades: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Andrés Manuel López Obrador. A estos líderes se les podrá criticar, pero no se puede negar que le han dado una enorme proyección a su partido, cada uno en su momento, pero sin fortalecerlo como tal, como una organización a prueba de personalismos.

El segundo problema es el que ha sido muy negativo para el partido: su división interna, ahora polarizada como nunca antes, y que ha destruido su organización hipotecando su futuro por mezquindades de grupos y de personalidades que por sus ansias de poder (de podercito, en realidad) nos están dejando sin izquierda, incluso sin una izquierda que es tal sólo con los buenos ojos con los que la queremos ver (la realmente existente, que está en vía de ser inexistente).

Así las cosas, lo cierto es que el PRD nos ha desarmado, o por lo menos a mí, pues ya no podemos (no puedo) defender a las organizaciones de izquierda (contra la derecha dominante), pues son un caos y hasta una broma de mal gusto. Aun quienes no somos militantes de la izquierda partidaria, pero que hemos defendido a las izquierdas, vemos que el PRD con su crisis interna y Marcos con el fracaso de su otra campaña nos han desarmado. ¿Qué vamos a defender ahora? Nos la ponen difícil.

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Vieja y lamentable historia

Vie 09 Mayo, 2008 Deja tu comentario Imprimir Imprimir

La última, desesperada oportunidad para evitar la ruptura dependía de un gesto personal. Era, pues, un acto de racionalidad y desprendimiento individual que no se dio: ni Alejandro Encinas ni Jesús Ortega estuvieron dispuestos (o no podían o no los dejaban) a dar el paso atrás que la situación reclamaba y dejaron correr las cosas hasta el punto de no retorno en que ahora se encuentran: la fractura del Partido de la Revolución Democrática ha dejado de ser una posibilidad para convertirse en un hecho, uno más de esta carrera hacia ninguna parte que dejará en el camino un nuevo rastro de desilusión e ira mal contenida. La izquierda partidista ha pasado así en muy poco tiempo de la disputa por el poder del Estado a la lucha interna por el control de los órganos de dirección y el usufructo de las prerrogativas que la ley les concede. Lejos de crecer, su influencia en la sociedad se retrae, junto con su credibilidad, y es de temerse que el caudal de votos siga cuesta abajo en el futuro inmediato.

De no mediar un entendimiento de última hora, pese al llamado pragmatismo de las corrientes (que no es más que su adaptabilidad para no perderlo todo), es difícil visualizar un congreso de refundación que no sea al mismo tiempo el de la disolución del partido “que nació el 6 de julio” de 1988.

Los dirigentes formales del partido no dirigen a nadie, menos influyen con sus opiniones en el debate nacional. Están ausentes, entrampados en la lógica de las corrientes y los cotos de influencia. Obviamente hay de responsables a responsables, pero el espectáculo de las últimas semanas habla por sí mismo. Ni siquiera el tema candente del petróleo ha conseguido introducir en el debate interno un ápice de sentido común. Al contrario, poco a poco las pequeñas matizaciones “tácticas” se van convirtiendo en diferencias que podría a llegar a ser insostenibles, una vez que el debate parlamentario avance y la reforma entre en la fase final de aprobación. Hay quienes creen que lo mejor es que cada quien siga su propio destino, sin advertir que ese es el mejor servicio que se le puede prestar a sus adversarios. Creer que la situación interna del PRD no afecta al “movimiento” es también un grave error. Y si alguien no entiende, que explique la vuelta de Salinas de Gortari para apalancar al PRI a favor de Calderón y contra… López Obrador.

Ha terminado un ciclo, dicen, pero el “divorcio” si se llega a dar tendrá costos muy altos (ya se han solicitado las primeras expulsiones). Tal vez sea inevitable el rompimiento político, pero echar por la borda la unidad de la mayor agrupación creada por la izquierda en su historia jamás será una buena señal para quienes veíamos que, al fin, un partido (con todos sus defectos) lograba disputarle el gobierno a la coalición dominante mediante métodos democráticos, poniendo contra la pared la legitimidad de las fuerzas enquistadas en la cúspide del poder.

Hoy que el PRD cumple 19 años, es imposible no reconocer que esta crisis es real y no surgió de la nada, de la impericia de los líderes o las ambiciones de sus caudillos. En realidad, según mi entender, esta larga historia se origina a partir del modo como se articularon los componentes fundadores mediante el proceso de integración del partido, el cual mantuvo y recreó formaciones internas, grupos, corrientes cuya supervivencia se sobrepuso a las estructuras partidistas, en forma análoga a la manera como se reprodujo el liderazgo moral por sobre los órganos formales de dirección. La persecución política y la estigmatización del perredismo explican en parte la continuidad de formas organizativas cada vez más reñidas con la naturaleza esencialmente democrática de las tareas planteadas, con la urgencia de ciudadanizar la militancia sin crear nuevas correas de transmisión entre las organizaciones sociales.

Siempre bajo protesta, en lugar de elaborar una propuesta sobre la democracia sin abandonar el punto de vista social y sus valores (ese impulso moral que define la subjetividad de la izquierda), el perredismo se conforma con ser la oposición más radical al gobierno de turno, sin una idea propia del significado de la transición, sus tiempos y alianzas. A fijar esta situación contribuye la falta de una visión teórica capaz de alumbrar una visión renovadora de México en el siglo XXI.

Paradójicamente, la situación actual del PRD es resultado de su éxito burocrático, de la capacidad demostrada para aprovechar los mecanismos legales y electorales que hoy permiten la sobrevivencia holgada de los partidos. A esa inercia conservadora se une, en algunos círculos, la desconfianza de signo contrario, un temor extraño a gobernar en el que pesan viejos atavismos de las viejas izquierdas, años de marginalidad, la creencia implícita en la “toma del poder” como un acto irreversible que sólo puede inaugurar una nueva sociedad creada al día siguiente de la victoria final. Pero ni unos ni otros nos dicen mucho sobre el Estado que vislumbra, sobre la sociedad que quieren reformar y los caminos que se propone recorrer.

Los grandes temas fundadores del pensamiento de izquierda –la igualdad contra la explotación–, el énfasis en la libertad y la solidaridad y, ahora, la sustentabilidad, se subordinan a la “política”, sin hacer de ellos los temas sustantivos de un agenda diferenciada y diferenciadora, capaz de identificar a los militantes de ese partido de los muchos otros que buscan cosechar en el desierto moral del clientelismo. Frente al gradualismo impuesto por las circunstancias, se exhuman algunas nociones clave: la idea de “partido-movimiento”, presente desde la fundación del partido, quiere ser una respuesta, equivocada creo yo, a la tentación de aprovechar “la vía electoral” sin abandonar la “movilización”, convertidas en opciones excluyentes cuando debían ser absolutamente complementarias. Los partidos, en efecto, son “instrumentos”, medios al servicio de intereses o aspiraciones de un sector de la sociedad, pero no sustituyen –ni se lo plantean– a los movimientos propios de las masas, a sus organizaciones sociales, ni tampoco pretenden suplantar a la sociedad civil. La fuerza está en su militantes.

PD. El tema del petróleo no es un atavismo, un viejo dogma extraído por la izquierda para relanzarse a la palestra. Basta hacer cuentas, mirar al mundo, verificar qué y cuánto han significado las privatizaciones en términos de modernidad, para saber de qué lado está el progreso y la razón.
A Carlos Monsiváis

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Qué manera de perder

Sab 22 Marzo, 2008 Un comentario Imprimir Imprimir

noticiasnacionales.jpgCarta a la dirigencia perredista
Epigmenio Ibarra

Profesionales como son de la derrota, lograron ustedes al fin su cometido: se hundieron en el fango facilitándole la labor al adversario, cediéndole el terreno. Interesados sólo en el reparto del botín, de la nómina, de los cargos internos, de las posiciones de poder y la atención de las diferentes clientelas, terminaron todos por quedarse con las manos vacías. No importa quién de ustedes gane. Al final perdieron, perdimos todos. Perdió el país.

Es pues el suyo, señores dirigentes de tribus, facciones, corrientes del PRD, un crimen, largamente anunciado, de lesa democracia. No pudieron en su proceso electoral interno hacer valer los principios que dieron origen y razón de ser a su partido. No sólo traicionaron con sus mañas la lucha de decenas de miles de mexicanos, muchos de quienes entregaron sus vidas por esa causa, sino que se convirtieron en un remedo, en un subproducto del antiguo régimen al que debían combatir, asimilando sus peores vicios. Son hoy, todos ustedes, sólo una lamentable caricatura del caciquismo priista. ¿Cómo se atreverán luego de esto a tildarse de demócratas y además revolucionarios?

No tuvieron ustedes, inmersos como están en sus luchas clandestinas, la visión de país, el compromiso con sus compatriotas, la integridad moral que demanda una lucha desde la izquierda y con la izquierda para defender los intereses de las grandes mayorías. Tampoco tuvieron el coraje, la dignidad, el valor de preservar un capital político que no les pertenece y que es vital para el futuro del país.

Ese capital político, el que han dilapidado tan miserablemente, nos pertenece a los 15 millones de mexicanos que con nuestros votos los hemos puesto donde están, disfrutando un estipendio, haciendo uso de prerrogativas que pagamos todos. En cargos públicos para los que nosotros los elegimos y por los cuales sólo a nosotros los votantes deben rendirnos cuentas. Un capital político en el que muchos ciframos la esperanza de arrancar al gobierno, a su partido, a los representantes del antiguo régimen, cambios estructurales profundos que son, a fin de cuentas, la única garantía de una paz, que sin justicia ni desarrollo no tiene futuro.

Indigna saber que, como la derecha lo había previsto, no lograron ustedes comportarse con pulcritud y decoro. Hemos sido defraudados —hablo de los que votamos por ustedes— por individuos incapaces de anteponer a sus mezquinos intereses, los intereses de una nación sedienta de transformaciones. ¿Quién se encargará hoy de las mismas? ¿En quién confiar para que conduzca con solvencia moral, con cohesión orgánica, con eficiencia política el proceso? ¿Para qué se desgañitan en la plaza o rasgan sus vestiduras en la tribuna prometiendo defender a toda costa principios y valores que en su propia casa son incapaces de sostener?

Todos ustedes —habrán de disculpar que cuelgue a todos el pecado—, por acción u omisión, jugaron sucio. Unos conveniente y públicamente se hicieron al margen del proceso electoral y se mostraron sin candidato ni preferencia abierta, mientras en la oscuridad maniobraban a favor de uno o contra otro.

Otros condenaron con tibieza las malas mañas pero fueron incapaces de crear una corriente moral de rechazo a las prácticas fraudulentas. Más bien se pusieron al pairo, esperando ser beneficiados o por la turbulencia o por el viento a favor de un candidato determinado.

Otros más metieron las manos hasta el fondo en defensa de su candidato y fueron desde un apoyo público decisivo pero indebido, que rozaba, sólo rozaba, la ilegalidad hasta la manipulación del padrón o los más sucios trucos el día de los comicios.

Desde el omiso al que robó las urnas. Desde el que desde su posición de liderazgo moral se abstuvo, al que mandaba cartas. Desde el que a pesar de su indignación se quedó callado y se dejó llevar, hasta el que, sin ninguna posibilidad de triunfo, se presentó como candidato o se sumó a una candidatura perdida de antemano sólo para ganar una posición más favorable en la negociación que se avecina. Todos cargan con el peso de una responsabilidad histórica.

No hay nadie entre ustedes, señores de la dirigencia, que quede limpio. Que conste que en su partido militan mexicanas y mexicanos de excepción a los que ustedes antes que a nadie les han fallado. Todos son, sin importar la tribu a la que pertenecen, protagonistas, autores de esta debacle.

Lástima que no sea sólo de ustedes la debacle. Lástima que con su fracaso nos arrastren a todos. Lástima que den así la razón a quienes, empeñados en el linchamiento mediático de la izquierda, le cierran el paso a las transformaciones que el país necesita y que sólo con el impulso ético de una izquierda comprometida y limpia pueden conseguirse. Lástima que pierdan —como segunda fuerza política— su oportunidad histórica. Otros habrá, estoy seguro, que no seguirán sus pasos, que no habrán de encajar en el patrón de corrupción de nuestro sistema político tradicional.

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