Somos nosotros.
Somos nosotros,
los mismos que apenas ayer veníamos a la cauda del Huei Tlatoani,
y que no alcanzamos a ver,
y tuvimos que conformarnos con escuchar, maravillados,
de cómo el águila devoraba a la serpiente en este Valle;
los mismos que con tepetate cimentamos el lago para vivir;
los mismos que no creímos del Xocoyotzin el regreso de Quetzalcoatl;
los mismos que morimos arrasados por la viruela, la gripa y los arcabuces;
los mismos que tuvimos que tallar y derruir nuestras piedras sagradas del Templo
Mayor,
para hacerle una casa a un Dios que infunde temor,
y a un señor Cortés al que se le teme;
los mismos de las revueltas de Tlaltelolco, Azcapozalco y Tlalpan;
los mismos que acompañamos, con un sambenito, a Guillen de Lampart a la hoguera
de la inquisición;
los mismos que nos quedamos esperando, ansiosos,
la entrada triunfante del Tata Hidalgo;
los mismos que escuchamos a Iturbide llamar a Guerrero "hermano", para después
traicionarlo,
y hablar de República, para después imperar;
los mismos que vimos al cojo Santa Anna tantas veces entrar y salir de nuestras
calles;
los mismos que juntamos piedras e hicimos trincheras en Tlalpan con Juan
Nepomuceno Cortina
y lavamos los muros ensangrentados del Convento de Churubusco,
bañados con la preciada sangre del Batallón de San Patricio;
los mismos que vimos salir por la calzada de Guadalupe a Santa Anna
y nunca entendimos porqué salía por Tacuba Juan Álvarez,
mientras los yanquis entraban por la México Tlalpan y bajaban de Chapultepec y
Tacubaya;
somos los mismos léperos que sin ponernos de acuerdo,
levantamos con las uñas los adoquines del centro,
de la Plaza del Volador, de los puentes de San Pablo, de Plateros, de Mixcalco
y los arrojamos a los invasores y sus lisonjeros;
los mismos que volvimos a aplaudir al pinto Juan Álvarez cuando logró que Santa
Anna se fuera para siempre;
los mismos que ponían piedras al paso del carruaje de Maximiliano,
que recibimos mandobles y escupitajos de los conservadores,
por negarnos a hacer caravanas al de Habsburgo;
los mismos que esperamos en vano que Juárez, con la República restaurada,
no ejecutara a los comunistas de Chalco;
los mismos que iniciamos la construcción del ferrocarril en los llanos de
Buenavista;
los mismos que nos pudrimos en El Valle Nacional, por intentar apedrear a don
Porfirio;
somos los mismos que aplaudimos a Madero y admiramos a Zapata;
los mismos que vimos al ejército traidor, salir de la Ciudadela para llevarse al
presidente Madero;
los mismos que, agazapados, vimos cómo lo mataron a él y a don Pino Suárez con
un bieldo en la caballeriza de Lecumberri;
los mismos que recogíamos cadáveres de las calles,
dejados por los secuaces de Huerta, así encontramos a don Belisario Domínguez;
los mismos que apoyamos al gobierno de la Convención Revolucionaria de
Aguascalientes;
los mismos que reímos a carcajadas junto a Villa y Zapata en los grandes salones
del Palacio Nacional;
los mismos que inventamos el verbo carrancear como sinónimo de robar;
los que impedimos que Carranza pudiera gobernar tranquilo en esta ciudad;
los mismos que apoyamos la educación socialista de Calles,
y combatimos y cobijamos por igual a los cristeros;
los mismos que hicimos diez horas de fila para dar un gallo, un pocillo, un
diente de oro para pagar nuestro petróleo;
los mismos que lloramos con Tina Modotti,
la muerte de Julio Antonio Mella en nuestras calles,
a manos de los esbirros del asesino Machado;
los mismos que escuchamos en el Teatro Abreu, a Francisco J. Mújica llamar
a Ruiz Cortínez traidor a la patria y colaborador de los yanquis;
los mismos que después vimos a Ruiz Cortínez afianzar su alianza comercial con
los Estados Unidos;
somos los mismos ferrocarrileros y electricistas que caímos apaleados, baleados,
humillados en la México Tacuba;
los mismos que acompañamos a Demetrio Vallejo y Valentín Campa a Lecumberri,
vejados, difamados, vilipendiados;
somos los mismos médicos en huelga que marchamos por nuestros derechos;
somos los mismos estudiantes que salimos a la calle
cuando nos encontramos con nuestra propia voz, y recorrimos Insurgentes,
Revolución, Tlalpan, San Cosme, México Tacuba, Tlatelolco;
los mismos vecinos de Felix Cuevas, que les tiramos periódicos a su paso para
que se taparan de la lluvia;
los mismos quienes aplaudimos su disciplina y su silencio por Paseo de la
Reforma,
los mismos quienes lloramos por ellos, con ellos por la barbarie;
los mismos que defendimos el Casco de Santo Tomás;
los mismos que caímos en Tlatelolco;
somos los mismos que salimos de la ciudad para irnos a la montaña, a combatir la
intolerancia;
los mismos que de nuevo salimos a la calle, y otra vez fuimos masacrados en San
Cosme;
somos los mismos que aplaudimos las olimpiadas, jugamos con la nieve del 69,
gritamos con el mundial de futbol;
somos los mismos que morimos en Guerrero, Chiapas, Nuevo León, Sinaloa, Puebla,
Oaxaca,
y aquí mismo por querer hacer oír nuestra voz;
los mismos que acabamos ateridos, estupefactos, entumecidos
esperando que se abriera la mazmorra que nuca nos dejó salir;
los mismos que nunca esperamos dejar de llamarnos Jesús, Miguel, Carlos, Silvia,
José Ramón, Roque, María Constancia, Elsa Irina, Jacob, Ignacio Arturo, Lucía,
Elena
para llamarnos desaparecidos;
somos los mismos que huimos del capitán Fernando Gutiérrez Barrios,
de Nazar Haro, de Salomón Tanús y su Brigada Blanca;
los mismos que padecimos la desmedida ambición de Hank González,
sus ejes viales y su pulpo camionero;
los mismos que temíamos ser asaltados por la policía del Negro Durazo,
amigo personal del presidente;
los mismos que vimos pasar las devaluaciones y la nacionalización de la banca,
cada vez más pobres;
somos los mismos que una mañana nos tragó la tierra;
los mismos que, llorando, escarbamos con las uñas para salvarnos del derrumbe;
los mismos que organizados enfrentamos al gobierno para levantar nuestra cuidad
de nuevo;
somos los mismos que, de la mano del CEU, nos fuimos a la huelga en la UNAM;
los mismos que creímos en Cárdenas;
los mismos que tomamos nuestras calles, nuestras plazas y nuestra voluntad y la
hicimos valer por un día;
los mismos que nos quedamos esperando a Cárdenas, como esperamos a Vasconcelos,
mientras ellos esperaron por nosotros;
somos los mismos que salimos a la calle el 11 de enero de 1994;
los mismos que corrimos a San Cristóbal de las Casas a formar escudos humanos;
los mismos que hermanamos nuestra espera a la de los zapatistas;
los mismos que vivimos la traición del chinamecazo de Zedillo;
somos los mismos que fuimos perseguidos de nuevo;
somos los mismos que mudamos nuestros pasos por las indianas calles de
Larrainzar- Sacamchén de los Pobres;
los mismos que aprendimos a esperar –en el tiempo-, trabajando para no seguir
esperando –en la fe-;
somos los mismos que volvimos a creer en Cárdenas y tomamos la ciudad y la
hicimos nuestra;
los mismos que combatimos la corrupción enquistada en su gobierno;
somos los mismos que con Andrés Manuel volvimos a ganar la ciudad;
los mismos que acompañamos a los zapatistas a cada paso hasta la calle de
Emiliano Zapata,
junto a la Cámara de Diputados en San Lázaro, para saber si el país quería
escuchar;
los mismos que escuchamos y vimos coléricos a un Congreso de la Unión ciego,
sordo y vociferante contra la voluntad de los indígenas;
somos los mismos que hemos visto a la simulación hecha gobierno,
pasear sus ilegalidades e indecencias, disfrazadas de pureza, desde Los Pinos
hasta Palacio Nacional;
los mismos que vemos pasar a diario a la cínica ambición, de impúdica doble
moral de la consorte del poder,
que viste de claro, para disimular lo oscuro de su intención;
somos los mismos que vimos al pequeño poder exhibido, dinero en mano, en horario
triple A, y a su absurdo apetito inmoral;
los mismos que todos los días vemos a la televisión vituperar a la izquerda
incorrecta,
por lo mismo que elogian al presidente y sus aliados priístas;
somos los mismos a los que el desafuero quitó sus derechos políticos y nos hizo,
de nuevo, ciudadanos de segunda;
somos los mismos que salimos a la calle a recuperar nuestra ciudadanía por
millones;
somos los mismos que hemos esperado;
somos los mismos que hemos ganado la ciudad y ahora el país;
somos los mismos a los que se nos robó la voluntad con un prosaico e indecente
fraude;
somos los mismos hijos del maíz que estamos en reisgo de perderlo por la
voracidad de los poderosos
somos los mismos que ahora nos defendemos de la derecha inmoral que nos ataca,
nos persigue y de nuevo nos mata
somos los mismos que la defendemos el petróleo porque defendemos nuestra
identidad
somos los mismos que siempre hemos estado aquí;
somos los mismos que la construimos;
somos los mismos que la reconstruimos de invasiones, incendios y, sismos,
que la sacamos del agua cada que se inunda, que la secamos, que la ponemos
bella,
que la vivimos, que la sufrimos, que la queremos;
porque defender al país es defender su voluntad,
su vida, su gobierno legítimo, su dignidad, su gente;
somos los mismos que desde los confines del viejo lago de México Tenochtitlán,
desde sus calzadas, desde sus avenidas y callejones,
desde sus adoquines, desde sus piedras,
defenderemos nuestra voluntad de ser, de seguir decidiendo por nosotros mismos,
defenderemos incluso nuestro derecho a equivocarnos;
somos los mismos,
los de siempre,
los que nunca hemos dejado de ser.









